miércoles, marzo 31, 2010


MUCHÍSIMOS AÑOS

Días pasados me reuní con mis compañeros y compañeras del colegio secundario en lo que fue el primer encuentro después de muchísimos años. Ya nos habíamos juntado hace un par de décadas pero eso fue apenas después de muchos años. Lo de ahora fue después de muchísimos años; para ser más precisos, una bocha. Mis expectativas con respecto a la velada se reducían a algo parecido a una sátira que escuché alguna vez en el programa radial de Alejandro Dolina en el que el artista de Caseros imagina una reunión de ex alumnos de una escuela técnica en la que lo único que los comensales sólo atinan a decir, en medio de incomodísimos silencios, es: “¿te acordás cuando estudiábamos eletrotenia?” para regresar al mutismo penoso de aquel que no puede recordar ni siquiera el afecto compartido de los años viejos. En nuestro caso, por fortuna, no fue así. Por empezar mi colegio era mixto así que a la reunión fueron las chicas, hoy mujeres, con quienes formábamos el núcleo duro de la división, la mesa chica de la amistad adolescente, conformada por no más de quince compañeros. Con el plus invalorable de que estas, nuestras chicas, eran las más lindas de la división, por no decir del colegio. Jóvenes preciosas que nos ornaban de prestigio entre los muchachos del barrio cuando nos veían con ellas tomados del brazo. Y después de muchísimos años estaban allí, esta vez no con las impactantes minifaldas que entonces les dificultaban seriamente un acto tan sencillo como estar sentadas. Teníamos claro, los varones, que no íbamos a encontrarnos con esas hermosas mujercitas de los novecientos, amores de estudiante, odiosas mujercitas que los sábados se iban con sus novios, tiernas muchachas en flor, siempre estudiosas y con sus carpetas forradas e inmaculadas. Nosotros también estaríamos a años luz de aquellos muchachos recién salidos de la condición de imberbes, delgados hasta la sospecha y el cabello arreglado según nuestra propia voluntad. Ellas no serían las dulces chiquillas que siempre iban juntas al baño, muchachitas de novios celosos que apenas las dejaban vivir. Pero para nuestra sorpresa, algún tipo de milagro del tiempo se había producido porque nos encontramos con unas hermosas, briosas y elegantes mujeres, luciendo una alegría limpia, propia del que ya está de vuelta de casi todo y se permite no ocultar casi nada. Estas modernas damas de hoy no son otras que las que inventaron hace muchísimos años la minifalda y la defendieron a rajatabla a fuerza de ajustar el cinto del delantal para administrar el largo de la prenda. La legal pollerita corta que hoy goza nuestra juventud no sería posible sin la lucha desigual de las actuales abuelas, allá lejos y hace tiempo. Gloria a esas muchachitas que visitábamos cuando sus padres nos admitían el acceso sólo para estar un rato con ellas. Usábamos el pretexto del apunte que nos faltaba, la explicación que necesitábamos sobre la ley de Boyle y Mariotte, la pronunciación francesa que tanto defeccionaba en nuestras bocas de bocasucias: sur me cahier de ecollier, je ecris ton nom. Esas muchachas hoy son mujeres hechas y derechas, o izquierdas, la ideología ya no importa. Lo que sorprendió es que en sus ojos de hoy parecía haber quedado testimonio de algo de aquello, también en sus voces intactas, en sus risas.
Nosotros, los varones no tanto. Resulta más complicado asociar esto en que nos hemos convertido con esos muchachos impacientes, pacientes únicamente para copiar la lección que ellas nos dictaban y el premio era disfrutar de su proximidad y de la vecindad de sus perfumes y sus alientos de chicle. Los muchachos estamos ligeramente más anchos, un poco más calvos y algo más hipertensos. Pero un poco nos queda de esos muchachos de la amistad inalterable, de los proyectos en común que luego se transforman en sueños y por fin en nada. Con varios de los que estábamos esa noche de sosiego milagroso pensábamos en formar la mejor banda de rock, filmar la mejor película, comprar cuanto antes un fitito, casarnos con la más linda (con el acompañamiento de la música de Pompa y Circunstancia), pero antes intentar ser felices, que para el matrimonio hay tiempo. Y por supuesto sortear con suerte el sorteo al servicio militar, primer obstáculo real de la vida adulta, nube borrascosa en el cielo límpido que creemos será nuestro futuro. Amigos con quienes compartíamos el faso, el sandwich, la pasta frola, el silencio y el llanto.
Lo que quedó de todos nosotros se juntó esa noche, algunas de ellas tuvieron sufrimientos indecibles durante estos muchísimos años, de esos que cuando los vemos en los filmes decimos ¡Naa! por lo profundo y variado de sus tribulaciones. Sin embargo resurgieron como hacen las mujeres que nunca se dan por vencidas, y que por eso no tienen fecha de vencimiento. A pesar de traiciones y enfermedades, de pérdidas y absurdos estaban radiantes, con su belleza intacta y con su mente más amplia, ya arrojado al mar el lastre de las cosas que no tienen entidad, que son casi todas. Hoy estaban casi igual que ayer, acaso en alguna el brillo de la mirada atenuado por efecto de tantas vicisitudes, pero cuando el vino hizo lo suyo se restableció la alegría y hubo fiesta, con anteojos para ver las fotos, pero fiesta y tiempo para hablar de las realizaciones y de los brotes en el árbol familiar. No hubo sobreabundancia de la frase ¿Te acordás cuándo…” y eso suma mucho porque generalmente lo que me acuerdo yo no lo recuerda el otro y lo que recuerda el otro no se lo acuerda el tercero y podríamos seguir hasta el infinito con la cadena del olvido. Y además porque las anécdotas a través de los muchísimos años pierden fuerza porque la tapa corona de la botella no sirve para una segunda vez. Hablamos del pasado que todos desconocíamos y que serviría para varias novelas, pero interesantes, no como las que se escriben ahora. A pesar de sinsabores y azares ellas salieron incólumes, y nosotros también: incólumes y con dolores de columna. Las chicas estaban tan buenas que uno se podría enamorar tranquilamente de cualquiera de ellas. Y tal vez esa noche nos ocurrió pero como leones herbívoros, inofensivos, ahítos de tantas batallas por guerras inútiles, adoloridos de la cintura, necesitados de una pastilla para cada cosa. Estamos mayores, reconozcamoslón. Pero qué lindazas estaban las purretas.

lunes, marzo 22, 2010























EL CABELLO DE LOS ARTISTAS
Hay una serie norteamericana llamada Mad men (Hombres de la avenida Madison) que está ambientada en los últimos años de la década del cincuenta y los primeros de la siguiente. Para preservar la verosimilitud todos los actores y actrices participantes lucen el cabello cortado a la usanza y moda de aquella época.
Cuando se filmó la película argentina Así es la vida, me refiero a la segunda versión, que es la peor, participaba en un papel importante el actor infantil Marcelito Marcote y como el filme transcurría en la década del treinta fue necesario cortarle sus angélicos bucles oscuros que le daban a su cabecita el delicioso aspecto de una palangana invertida. El chico se negó y lloró mucho, después de todo ya era una estrellita. Hubo que pedir ayuda al gran actor Luis Sandrini, protagonista de la cinta, para que convenciera al niño, con dulzura y amor de abuelo, de que era imprescindible podar su pelambrera setentista. Finalmente el nene apareció en el plató con el pelo que reclamaba la moda de la época. A fines del sesenta y principios del setenta era costumbre en los hombres usar el pelo largo y las patillas extensas. A la vez se habían puesto de moda en el cine argentino las películas históricas sobre nuestros próceres y no tan próceres como San Martín y Belgrano y Rosas. Enancados en la circunstancia de que a principios del siglo diecinueve los criollos y realistas usaban patillas, pelo largo y flequillo, no fue difícil adaptar los cabellos de los setentistas a aquella moda patriota. La pregunta crucial, siguiendo con los años setenta, sería: ¿Qué ocurría cuando había que filmar una historia que se ambientara en la década del treinta, cuarenta o cincuenta, del siglo veinte, esto es, cuando los hombres invariablemente usaban el pelo corto. Pues que las estrellas argentinas, salvo, excepciones como Marcelito Marcote, de quien se aprovecharon por su condición de mocosito-de-mierda-quien-se-cree-que es, no se cortaban el pelo ni locos. Deberían haber aprendido de Alfredo Alcón, que no temía pasar por la tijera en pos de hallar el personaje justo, la máscara precisa. A los otros, a los rebeldes, sólo podía persuadirlos un director prestigioso, y hasta por ahí nomás, digamos un Torre Nilsson. Allí quedaba poco margen para desobedecer al maestro. En la tele era peor, actores como Tony Vilas o Héctor Da Rosa, invariablemente a lo largo de su extensa carrera, lucieron cabellos con rulos alla moda afro, ya fuese que su rol fuese de un malevo de los años cuarenta, un enfermo terminal sometido a quimioterapia, o Lex Luthor. Se conoce que eran hombres de carácter antes que actores y por eso nunca casi nadie pudo meterse con sus marañas supracraneanas. En sus antípodas, el actor y cantante Raú Padovani tenía una melenita divina y para participar en la película de 1972 Mi Amigo Luis, también con Luis Sandrini, se avino a cortársela (la melena) para personificar de manera realista a un cadete del Colegio Militar de la Nación. Es claro que el joven trovador de temas como “Hoy será una noche excepcional” y otros, apenas era casi un debutante en el mundo del sha, la la la sha la la, sha la la la, sha la la la sha la, la la la, sha la la la la, la, la y un diletante en este mundo criollo de películas mal filmadas y peor dobladas.
Este artículo forma parte de un ensayo sociológico en preparación llamado El cabello como drama de la Humanidad.

viernes, marzo 19, 2010



¡ARGENTINA TRABAJA!



Los destituyentes dirán que en el país hay hambre infantil pero no podrán negar que estamos haciendo las plazas más bellas del mundo. En la foto vemos a 10 trabajadores del plan Argentina Trabaja (Sueldo: $ 1200, multiplico por 10, me da $ 12.000 - ¡una bikoka con doble K!) embelleciendo una plazoletita de mi pueblo.

miércoles, marzo 17, 2010


FOGON EN LA PLAYA
Me siento tan bien, tan café con leche, como decía Cortázar en La vuelta al día en 80 mundos, que puedo recordar aquel fogón donde canté con suerte diversa.
Aquella noche de luna llena quedó a mi cargo la interpretación de canciones que yo sacaba gracias a la revista Toco y Canto, que traía las letras y los tonos para guitarra. Hasta que comenzó el espectáculo la reunión era un batiburrillo de voces y risas y un retintín de copas (los que bebían gaseosa de litro). Hice un rasguido violento para callar a la concurrencia sin parar mientes en que la chica que tenía a mi lado se me había aproximado más, con el pretexto de estar más cerca del artista. Cada quien de los hombres que rodeaban el fuego intentaba arrimar el ascua a su sardina, quiero decir, que aprovechaba el arte que egresaba de mi boca y de mi diapasón para intentar un acercamiento con aquella a quien le había echado uno o los dos ojos en procura de, más adelante, poder continuar con las echazones. Cuando se producía una pausa entre canción y canción alguna chica me solicitaba temas:
-¿Te sabés La marcha de la bronca?
-Si, pero no la puedo tocar.
-¿Por?
-Porque te veo y se me quita.
-…
(Diálogo que juzgué apto para liquidarla de amor e iniciar un camino asfaltado hacia el romance)
O bien, si la chica estudiaba en la facultad y estaba “concientizada”, le tiraba esta frase matadora:
-Bajo el capitalismo el hombre explota al hombre. Bajo el comunismo es justo al contrario…Lo dijo Galbraith, un economista canadiense…
-Tocate Y rasguña las piedras.
(Se conoce que la chica no era de ésas y no prestó ni mucha ni poca atención a pensamiento tan ideológico. O se dio cuenta de que yo estaba haciendo el ridículo, que estaba padeciendo un estado de mamacharramiento que conduce inexorablemente al nopodermiento, según la particular lengua del escritor polaco Witold Gombrowicz en su genial novela Ferdydurke. Esto es, me meto en un berenjenal de fanfarronería que termina de convencer a la señorita de que soy un boludo. Con todo, y siguiendo al gran Witold, se respiraba esa noche una atmósfera sensual-muchachal muy apta para la práctica de los deportes al aire libre, como por ejemplo, el teto. Mi amigo Guillermo había invitado al fogón a una preciosa señorita que trabajaba en la tienda Los Gallegos y le espetaba sinnúmero de frases floridas propias de su pobre arsenal poético, pero la tenderita se quería ir pues al día siguiente madrugaba para ir al trabajo y se notaba que no disfrutaba de la velada. Recuerdo ahora un pensamiento leído en Los detectives Salvajes de Roberto Bolaño que bien le hubiese caído a mi picaflor, si la vendedora hubiese leído el maravilloso libro, que ni siquiera estaba escrito por esa época: se puede conquistar a una muchacha con un poema pero no se puede retener a una muchacha con un poema.
-Me tengo que ir, Guillermo. Mañana trabajo –le dijo la dependienta, sacudiéndose la arena del pantalón y luego de las manos-.
Esa noche no ganamos.
Foto: Playa de Barbeira (Baiona). Playa de 200 metros de longitud que se encuentra en las faldas del Monte Boi. Para su acceso hay que acercarse hasta la fortaleza y pasar bajo una de sus puertas. Se encuentra muy cerca de la playa de A Riberia y está muy protegida del oleaje del mar gracias a un espigón y un puerto deportivo. Cuenta con todo tipo de servicios al visitante. Su arena es dorada y de grano medio.

martes, marzo 16, 2010



LOS LIBROS DIGITALES NO ENGORDAN TU BIBLIOTECA


Los libros digitales no engordan tu biblioteca. Ésta (tu biblioteca), a medida que se expande resulta un indicador infalible del crecimiento de tu cultura. De tal forma que si tienes una pared íntegramente forrada de libros, eres muy culto, si las paredes son dos, cultísimo, si son tres, Osvaldo Quiroga, si son cuatro, el ambiente no tendría puerta, y así. La llegada a nuestras vidas de los libros para leer desde el ordenador o desde un dispositivo portátil (E-book), nos impide que se acreciente el número de los volúmenes y que acumulen el polvo de la sabiduría. Y de la calle. Dentro de poco dejaremos de ver a los escritores célebres en la tarea penosa de contestar reportajes en revistas de cultura posando con sus rostros malhumorados (caras de culo) pero siempre con una tremebunda biblioteca a sus espaldas, con sus ejemplares desordenados y a veces en posición horizontal. Tal vez pedirán que se los retrate con su libro digital mostrando la página donde figura la lista de los libros contenidos en sus entrañas virtuales. Pero no es lo mismo.

jueves, marzo 11, 2010

Volvió de una pubalgia y está intacto. Jugó, corrió, asistió, alentó y, en los momentos en que la pelota se iba afuera, tejió echarpes para los niños pobres. Jugador total. Además este año se pelea menos, quizás avergonzado por haber salido subcampeón en el torneo de nerviosos 2009. El último domingo convirtió tres goles pero no se quedó con la pelota del partido, como se usa en Europa, porque es la única que tenemos. Se llama Carlitos, cariñosamente le decimos Carlos. Oficialmente se lo declara como El jugador Paladini del domingo.

viernes, marzo 05, 2010

LAMENTABLE INCIDENTE ENTRE UN KIRCHNERISTA Y UN ANTIKIRCHNERISTA

El último miércoles un episodio lamentable empañó lo que debería haber sido una cena de camaradería y amistad. Fue todo por motivos políticos aunque parezca mentira. Qué crimen es hoy discutir de política cuando esa actividad es exclusiva de la oligarquía política, ésa que se dedica a la política sólo para hacerse millonaria. ¿Por qué, entonces, deberíamos nosotros, los que ni siquiera cobramos del gobierno por limpiar una placita de barrio, enardecernos y polemizar sobre política cuando estamos absolutamente afuera de sus millonarios repartos?
Todo comenzó cuando J. se quejó de la situación actual del país pero sin hacer nombres. Otro comensal, G., que estaba enfrente suyo, separado por la mesa donde las ensaladas esperaban serenamente el asado, cerca de las nueve y cuarto de la noche, le replicó que no sabía nada, a lo que J. argumentó que ese mismo día había tenido que pagar 2300 pesos de monotributo. Eso evidentemente lo tenía mal (es feo pagar impuestos) G. le dijo que nunca habíamos estado tan bien como ahora a lo que J. replicó que no era así que, al contrario, nunca habíamos estado tan mal como ahora. G. le dijo a J. que sin duda pertenecía a la extrema derecha, la misma que lidera Macri, ése que siempre vivió del Estado y le volvió a decir que no sabía nada, pero ahora agregó que además era un boludo. Así le dijo:
-Vos no sabés nada y además sos un boludo
Para refirmar estos asertos, G. se levantaba de su silla, se inclinaba hacia delante, casi tocando con su barbilla la ensalada de berros, y lo señalaba con el dedo índice de la mano derecha.
El sorprendido J. dijo que él no tenía la menor intención de discutir porque lo quería. Así le dijo:
-Mirá, G., no quiero discutir ni pelearme porque te quiero. Pero vos me agrediste.
-Sí, te agredí porque no sabés nada y sos un boludo. Y te voy a cagar a trompadas.
Parecía que en cualquier momento G. iba a saltar sobre la mesa, sortear la ensalada de berros, y atacar al azorado J. (ver foto).
G. agregó que los Kirchner eran millonarios, en efecto, pero de toda la vida, no de ahora (es llamativo como personas pobres, que sufren carencias, o a quienes no les resulta sencillo ganar los garbanzos para el puchero, defienden con pasión la fortuna de los Kirchner, fortuna de la que nunca recibirán un miserable peso). Y que si se gastaban dos millones de dólares para comprar un hotel estaban en todo su derecho.
No sé si sigo la conversación en forma literal, respetando la secuencia cronológica, casi seguro que no, pero recojo frases sueltas y trato de reconstruir la verdad histórica con la misma fidelidad que lo haría un Tulio Halperín Donghi. De lo que sí estoy persuadido es que, en un momento J., en un intento de dar finiquito a la polémica, se levantó de la mesa y se dirigió a la zona de parrillas diciendo:
-Mirá, por mi todos los peronistas se pueden ir a la concha de su madre…
¡PARA QUÉ!
El cerebro empedernido de G. elaboró este sencillo logaritmo:

Todos los peronistas se pueden ir a la concha de su hermana

Yo soy peronista

Yo me puedo ir a la concha de mi hermana

¡PARA QUÉ!

G. se levantó de su silla de plástico blanco y lo invitó a boxear, en estos términos:
-Vos sos un boludo y no te voy a permitir que me putees así que salí afuera que te voy a recagar a trompadas.
La erre utilizada para pronunciar el verbo recagar, a esa altura de la velada -y eso que la carne aún no había sido servida- ya no egresaba de sus labios con la soltura que reclama tan contundente letra.

J., más triste que atemorizado, se levantó y dijo:
-Discúlpenme, muchachos, pero no puedo estar más acá. Me retiro.
Agarró su plato, sus cubiertos, los introdujo en una bolsa de Carrefour u otro supermarket, y se retiró. Se hizo un silencio incómodo en el incómodo quincho del club. Intervino R., quizás el más antiguo amigo de G., para pedirle que se tranquilizara pero aquel le dijo que se callara la boca que él se había peleado a su tiempo con cada uno de los integrantes de la mesa, así que no estaba en condiciones de arrojar la primera piedra. Así le dijo:
-¡Vos callate que ya te peleaste con todos lo que están acá!
Antes de que R. le cantara la falta o el retruco y comenzaran a volar las sillas de plástico blancas, lo agarré del brazo y le dije que lo dejara ahí, en estos términos:
-Cortala, boludo, dejala ahí...
Muy triste todo.


jueves, marzo 04, 2010




LA CASA DE LA CALLE N. ARROSTITO




No puedo decir ahora, cuando todo ha terminado, que había en él algo que no me gustaba porque delataría una propia y doble torpeza, por un lado, la de no haber escuchado el mensaje interno y por el otro y, como consecuencia inevitable, el provocar así el grave problema en que se vio involucrada la propietaria, la inmobiliaria y yo, problema que arruinó y soliviantó un mes de mi vida, crimen imperdonable a mi edad. No puedo permitirme el lujo de andar desperdiciando meses como si fueran hojas de diario para encender el carbón de una parrillada.

El hombre, todavía en carácter de candidato a locatario, me previno que él no podía soportar el engaño y la mentira, advertencia que no me provocó ni frío ni calor, asegurado, como estoy, contra todo riesgo gracias a mi conducta sin mácula, probada en años de bonhomía y don de gentes. ¿Era aquella operación inmobiliaria de locación de inmueble la que me sacaría de la pobreza y me llevaría a distritos de abundancia, plenitud y holgura? Definitivamente no. ¿A meses de relativa comodidad y compra de artículos inútiles? Tampoco ¿A unos cuantos días de serenidad financiera y pollo al spiedo en días de semana y no solamente los sábados? Ni siquiera. Sin embargo seguí adelante a pesar de que había algo en ese hombre que no me terminaba de convencer.
Se firmó el contrato de locación de la casa ubicada en la calle N. Arrostito al 719. Las partes contratantes, locadora y locatario, parecieron encontrar la química común que asegura un vínculo duradero, calmo y beneficioso. A los dos días el inquilino me llamó para informarme que la casa carecía de agua caliente, circunstancia que le molestaba porque yo le había jurado que todo funcionaba a la perfección. Primera señal de alarma, no sólo el hombre encontraba fallas en la casa sino, que lo que era peor, me había dicho mentiroso. La última persona que me dijo algo parecido no entró nunca más a mi oficina porque le prohibí siquiera que la punta de su zapato avanzara sobre el felpudo de bienvenida. En otras épocas que me dijesen mentiroso era causal de riña callejera y una noche en la comisaría, extremos a los que nunca llegué aunque un hermano que tengo sí. La propietaria escuchó los requerimientos del inquilino, aunque afirmó que la propiedad disponía de servicio de agua caliente. Sin embargo concurrió al domicilio de N. Arrostito 719 acompañada de una señora que había trabajado anteriormente en la casa (en tareas domésticas) para que le explicara al nuevo locatario el funcionamiento de las distintas instalaciones, en especial aquellas que proveen del vital elemento a través de la canilla identificada con una ce y que así, por fin, el hombre pudiese dar curso al imprescindible baño diario o de día por medio. Pero el locatario tomó esta visita como una provocación razonando que él no necesitaba que le llevasen a nadie para que le explicara cómo se abría un grifo. La propietaria le ofreció rescindir el contrato si el otro consideraba que las cosas no respondían a sus standards lo cual fue también muy mal recibido por el inquilino, que lo tomó como una invitación lisa y llana a que se fuera de la casa, decisión que tomaría él y nadie más. A esas alturas la relación presentaba un empiojamiento de grado uno. La propietaria con prontitud envió a un plomero para que agilizara el paso del agua y así permitir que el hombre gozase de duchas enérgicas y cuasi finlandesas. Además me entregó en depósito la suma de trescientos pesos para pagar al profesional una vez que cumpliera con su trabajo.

Llamé al celular del locatario para avisarle que el plomero se presentaría en las próximas horas. Estaba activado el contestador pero no el destinatario del telefonema en persona así que le dejé grabado mi mensaje positivo. Y me creí que el conflicto había quedado zanjado lo que me posibilitó dos o tres días para gozar de las bienaventuranzas que la vida ofrece a cada paso si sabemos transitar el camino apropiado. Al cuarto día el arrendatario se hizo presente en mi oficina acompañado por una señora, ambos con rostros sombríos, gestos ominosos, miradas torvas, puños crispados, músculos tensos, respiración entrecortada. El locatario, careciente de todo roce social, no me presentó a la mujer porque lo que nunca me enteré en qué carácter aposentó su culo en mi despacho. No tenía traza de abogada, parecía más bien su pareja pero por la manera en que me interrogaba, con un cierto aire de superioridad que no tenia justificación, me hacía pensar pero a vos quién carajo te conoce pero traté en todo momento de conservar la calma.
-Esto se está poniendo cada vez peor –introdujo el inquilino con sus ojos cavernosos-
-¿No fue el plomero? –pregunté-.
-¿Qué plomero?
-El que mandó la señora.
-Mirá, Julio, a casa no vino ningún plomero. Hace un mes que firmé el contrato y nunca me pude bañar. Tengo que ir a lo de mi mamá para ducharme. A mí no me avisó nadie que iba a venir ningún plomero.
-Yo te llamé.
El hombre sufrió en su rostro una transfiguración que afeó sus ya execrables facciones, todo fruto de la indignación que le sobrevino por no dar crédito a mi afirmación.
-No me llamaste.
-Si, te llamé al celular pero me respondió el contestador. Entonces te dejé el mensaje de que el plomero iba a…
-No me llamaste –la cara que tenía ese cristiano me daba pero que mucho miedo. Yo pensé que me iba a cagar a trompadas-.
-Te juro que te llamé -le recalqué, mientras un sudor frío corría por mi espina dorsal hasta el espacio interglúteo-.
-Si me hubieras llamado tendría que tener registrada tu llamada en mi celular.
En ese punto, sudorosos también cara y manos, y con el corazón en estado de taquicardia galopera, empecé a dudar si no habría llamado a un teléfono equivocado y, en consecuencia, dejado el mensaje a un interlocutor erróneo. Es que a esa altura del partido yo ya dudaba de todo, hasta de la duda misma. Parecía el arquero Dudamel o el zaguero Emiliano Dudar.
-Yo te llamé –remarqué en un hilillo de voz-.
-Así no va más, son demasiadas irregularidades –dijo la señora convidada de piedra- Me parece que va a haber que tomar medidas.
-Este problema se tiene que resolver ya pero no es lo único que está mal en la casa –agregó el locatario-. El termotanque, por ejemplo, está ubicado en el baño y eso está terminantemente prohibido porque puede haber una pérdida de gas y entonces alguien podría morirse. Ahí sí que la cosa se agravaría hasta límites impensados. No quiero ni pensar los que le puede pasar a la dueña. Además, como prácticamente no pude usar la casa, me va a tener que pagar una indemnización…
El Locatario escuchó mi promesa de que averiguaría qué había pasado con el plomero justo en el momento que llamó precisamente el plomero. Atendí y le comenté, tapando el micrófono del celular, que qué casualidad, que justo era el plomero. No sé para qué le dije eso porque el hombre comenzó a sospechar que estaba todo preparado ¿preparado para qué? Parecía una casualidad armada que justo en ese momento llamara el honesto fontanero. Pero Dios sabe que fue una casualidad espontánea. En definitiva el plomero me juró que iría al día siguiente, promesa que cumplió pero surgió un nuevo inconveniente que enseguida referiré.
A todo esto la dueña había viajado a Florianópolis, en el país Brasil, en la creencia de que los líos se habían disipado. Yo nunca pude imaginar, ni en mis pensamientos más tenebrosos, que el plomero designado llamase a mi oficina al día siguiente para informarme que no estaba en condiciones de hacer el trabajo porque había que retirar el tanque de agua y éste se encontraba empotrado entre dos paredes lo que requería la realización de trabajos de albañilería que al presente no lo encontraban capacitado. Con la camisa empapada y puntadas en el corazón envié un mail de urgencia a Florianópolis para informar a la señora. Poco después tenía ya la visita del locatario dando cuenta de que el plomero había inspeccionado in situ la clase de trabajo que se le había encomendado y se había retirado para no volver nunca más.
-Si, lo sé. Me llamó para decirme que no podía hacer el trabajo. –le dije simulando naturalidad aunque me temblaban los muslos y los pies taconeaban en el suelo a ritmo de tap-.
-¡Cómo que no podía hacer el trabajo! ¡A mí no me dijo eso!
-Es lo que me dijo a mí.
Hizo el amago de llamar al plomero por su celular para, supuestamente, proceder a un careo o confrontación personal con quien esto escribe. ¡Un careo a mí! El tipo pensaba que yo le seguía mintiendo -siempre hablando de una continuidad en el hecho deleznable desde su visión errada-.
-Bueno, no importa si no puede no quiere o no sabe –concluí-. Ya le mandé un e-mail a la dueña y estoy esperando respuesta.
-¿Dónde está?
-¿el plomero?
-¡No, la dueña!
-En Brasil.-
-¡Qué!
-Si, pero no va haber problemas porque me comunico con los dueños a través de internet que es un medio ágil y seguro. Se fue a juntar con el esposo que está allá pero quedate tranquilo que si el plomero no puede no quiere o no sabe hacer el trabajo, se buscará otro problema, digo, otro plomero.
-¿Le dijiste lo de la indemnización por los días en que no puedo ocupar la casa?
-No, prefiero por ahora abocarme a lo urgente. Después tendremos tiempo para lo demás.
-Ah, me olvidaba: llamala y decile que afuera hay una caja de electricidad que saca chispas y podría incendiarse la casa.
Se fue de la oficina manteniendo su mirada sobre mis ojos como advirtiéndome de algo que no supe muy bien qué era pero que, desde luego, bueno no sería. Me fui a mi casa perturbado, abatido y en un estado cercano al pánico. Apenas comí una milanesa a la napolitana con papas fritas. No toqué la guitarra, no escribí ni una cuartilla en mi ordenador, los partidos de fútbol en tevé parecían todos horribles. Y lo eran efectivamente. Pensé que este tipo podía matarme o, en el mejor de los casos, emprenderla con su Berlingo contra el frente de la oficina inmobiliaria. El marido de la dueña (en adelante el dueño) me llamó por teléfono al día siguiente y me pidió que me quedara tranquilo que encontrarían a un plomero con capacidades para trabajos de albañilería y así se pondría definitivo coto al entuerto. Pero que llamaría al locatario para avisarle y lo trataría con cierta energía porque sino éstos se creen que se pueden llevar el mundo por delante.
Al día siguiente llegué a la oficina siempre pidiéndole al Altísimo que no estuviera el locatario esperándome detrás de un árbol para romperme la cara a patadas. No tuve tiempo ni de colgar mi sombrero en el perchero que una llamada me acalambró el caletre. Era él al teléfono.
-Ayer me llamó el marido de la dueña. ¡Sabés lo que me dijo! Que si no tenía agua en la casa que me fuera a bañar a una estación de servicio. ¡Falta de respeto! Mirá, Julio, esto ya es el colmo, si no viene hoy el plomero no sé que puede pasar. No pienso pagar el alquiler hasta que no me solucionen el problema. ¿Le dijiste sobre la indemnización? ¿Y de la caja que saca chispas? Ah, además no quiero hablar más con ella ni con él, solamente voy a hablar con vos.
Yo pensaba: cómo puede el dueño complicar las cosas con ese comentario fuera de lugar y compadrito, si las cosas ya estaban lo suficientemente complicadas. Ahora que lo pienso, ése fue uno de los peores días, no sé cómo no me doblegó la angustia. Temblaba y me costaba respirar. Si, gracias, bueno, otro traguito de caldo, gracias. Si, poneme una frazadita más. Gracias.
El dueño desde Florianópolis me llamó para decirme que ya había conseguido un nuevo plomero y me comentó al pasar que el locatario estaba bastante enojado conmigo por todas las cosas que yo le prometí antes de firmar el contrato. ¡Yo no le había prometido nada! En cualquier caso ese comentario me persuadió de que el locatario, en el momento menos esperado, vendría a buscarme para fracturarme los huesos que necesito para caminar.
El nuevo plomero con conocimientos de albañilería llamó al locatario para arreglar un horario de concurrencia al domicilio para iniciar sus tareas. Nunca lo encontró. El dueño, desde Brasil, lo llamó a la casa de la calle N. Arrostito y al celular pero el locatario tampoco atendió. Pasaron los días y la fecha de pago del alquiler pero el locatario no se presentó. El dueño y la dueña me llamaron desde Florianopolis para que le avisara que, además del alquiler, debería pagar los intereses punitorios. Es decir, más briquetas para el fuego. Habrán pasado dos días de silencio intolerable, una espera más tensa que la de Gary Cooper en La hora señalada. La dueña retornó del país Brasil y eso supuso para mí un desahogo puesto que ahora compartiríamos la lucha contra el locatario desaparecido. Un día después llegó a casa de la señora lo que no quería, lo que se equipara a una declaración de guerra, lo que no tiene vuelta atrás: la carta-documento. Escrita en términos notoriamente beligerantes, el hombre, o bien, su patrocinante hablaba de vicios ocultos de la casa, falta de respeto del dueño que había mandado al locatario a bañarse en una estación de servicio, reclamaba sumas impresionantes y, lo que es peor, dejaba muy mal parada a la inmobiliaria. La propietaria me solicitó que preparara una contestación que elaboré casi al borde del colapso, notoriamente debilitado, afónico. Además me había salido un tic en la cara que me hacía girar el cráneo hacia la derecha y tocar el mentón con el hombro mientras se me salía le lengua de la cavidad bucal. La contestación inevitable intentaba revertir punto por punto las afirmaciones falsas contenidas en el documento originario pero en un lenguaje profesional y aséptico. Pero fue vetado, no el contenido sino el tono, que la señora calificó de demasiado suave. Además, afirmó la dueña, aquello de mandarlo a una estación de servicio a bañarse era totalmente falso y se había alterado el sentido que le quiso dar su marido con el comentario. Ocurrió que, ante el pedido del locatario de una indemnización que él justipreciaba en base a los días que no había podido bañarse, el dueño le comentó que era una suma exorbitante y fuera de medida que no se justificaba en absoluto si pensamos que en una estación de servicio se cobra cinco pesos el uso de la ducha. En definitiva, la contestación a la carta-documento fue doblemente beligerante, rompía lanzas, escupía al cacique e iba a por todo. Eso terminó de doblegar mis menguadas fuerzas. Mis soldados, flacos y hambrientos, enfermos, llenos de piojos y muertos de frío fueron cayendo de a uno. Armé con un pañuelo y una birome una bandera blanca y me encontraron en un rincón del despacho, hecho un ovillo y con la lengua afuera.
En estos días he salido a caminar dos o tres cuadras, no muchas más porque aún estoy débil. Por lo menos ahora la sopa me pasa, ya comenzaré a comer pollito pero no hay apuro. El tic, por suerte, ya se me quitó.
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