viernes, agosto 14, 2009



ENSAYO SOBRE LA VISION


En las fotografías familiares vemos delante de fondos diversos a personas envaradas y rígidas obedeciendo el mandato ancestral de sonreír aunque duela. A veces, no sólo por la visión de los rostros sino también por la actitud corporal, puede escudriñarse algo más profundo que una simple puesta en escena para la posteridad y a ese algo le llamaremos El Alma. Eso puede conmover. Algunas etnias sostienen que la cámara fotográfica te la chupa (al Alma), yo creo que, antes bien, el dispositivo está capacitado para sacarla a la luz y dejar que nosotros la percibamos. Pero luego El Alma regresa al lugar en donde mora (nuestro interior) como cuando sacas una fotocopia y luego devuelves el documento original a su archivo. Esto puede suceder por la pericia del fotógrafo (el reportero gráfico, aunque tiene la ventaja de trabajar en medio de eventos en los que las emociones están en flor), pero en muchas otras El Alma sale en la foto por una accidental captura sobre quien no estaba preparado o no le habían avisado que mirara el pajarito. Esa espontaneidad del fotografiado sobrecoge cuando se pudo captar El Alma que, como se sabe, es el yacimiento natural de nuestras emociones. Los grandes artistas de la fotografía ganan premios, fama y dinero por el mérito de haber retratado no tanto cuerpos o sonrisas sino por haber captado con su disparo la esencia de las personas, sus emociones profundas, sus íntimos pesares, bien que a veces les sale por casualidad. Así ocurre con la foto (arriba) del chico en la cascada de Olaen, en La Falda, Provincia de Córdoba. Ese muchachito, por alguna razón que nunca sabremos, sufre. El reverso de la foto lo confirma por si hiciese falta: alguien anotó que estaba “alunado”. Uno se conduele con ese chico que tiene una pena cuya dimensión sólo es mensurable por el propio “alunado”, pero la pena está allí. En la foto de abajo se ve a una niña mostrar a puro puchero su enojo, que confirma apartándose de la línea de sonrisas. En su carita pícara se sospecha el origen del enfurruñamiento: un capricho no satisfecho. No hay pena sino, más bien, enfado. Es cierto que nos compadecemos un poco menos de su tribulación porque no vemos desconsuelo. A mi hermanito, hace más de cuarenta años, le pegué un castañazo en la espalda y, cuando él chiquitín entró a la casa para formalizar la denuncia ante nuestra madre, alguien lo fotografió mostrando su llanto desconsolado por el dolor físico (creo que le pegué fuerte). Hoy no quisiera ver esa foto, que debe pervivir en algún álbum familiar. El dolor está tan patente en esa instantánea que, si la volviese a ver, me iría corriendo a casa de mi hermanito y le pediría perdón.

4 Comments:

Blogger bonito lunch said...

El de la foto de arriba se parece a un tio mio.

8:23 p. m.  
Blogger estejulioesuno said...

Si, es el tío Julio. Y las piernas que se ven detrás de él son las del abuelo Julio. Un abrazo. Julio.

11:52 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

POBRE PEQUEÑO SU HERMANO...SIEMPREN LOS MAS CHICOS SALEN PERDIENDO, PERO SE HACEN FUERTES!!

10:08 p. m.  
Blogger estejulioesuno said...

asi es como lo sacamos bueno al botija

11:59 a. m.  

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