martes, agosto 08, 2006

Salí de mi casa después de ver en la tele que informaban que había caído granizo. Otra vez granizo. ¡Cierren las escotillas! Ante este aviso, el pánico se apodera de una gran masa del pueblo, que diariamente debe salir a combatir las desgracias que Dios les arroja a los pobres a manera de prueba. Con tantas pruebas parecería como si fuésemos a rendir un examen para juez de la corte suprema. La grave disyuntiva es: ¿saco el coche o no lo saco? Pero, ¿por qué tengo que tomar decisiones tan temprano? A esa hora estoy, como se dice vulgarmente en el argot de los fantasmas, con las sábanas pegadas. Por fin, me decido y lo saco. El cielo está como Batman (encapotado) No es un día peronista, qué va, es un día tirano. El tiempo está amenazador y el recuerdo del fatídico 26 de julio a las quince treinta crece en nosotros y nos previene de que, si sacamos el coche, sería recomendable que circulemos en proximidades de recovas, estaciones de servicios, o, de última, en estacionamientos techados. Conozco el patético caso de un señor que, sin pedir permiso, ingresó en un taller mecánico, desesperado ante el apedreo entusiasta de San Pedro. El mecánico estaba terminando de sacar de su taller un coche de menor valor para ingresar una nave de un cliente de importancia, como decir un BMW, DKW, o NSU, no importan las letras. Imagínense un auto carísimo de esos que ameritan que Ricardo Darín vaya preso o Susana Giménez sea procesada. El mecánico intentaba meter uno de estos finos rodados de algún cliente estrella en el momento en que comenzó a caer la granizada. Pero fue tan veloz la maniobra del conductor anónimo, tan desesperada, que su Regatta, en menos de un periquete, quedó adentro, a manera de cuña y obturó la entrada a cualquier vehículo de cuatro ruedas, incluso de dos, como podría ser una moto. El coche alemán del cliente poderoso, tan lustroso (el coche, digo), tan caro como una casa, recién salido de la concesionaria no pudo salvarse de la ira de la naturaleza. Mientras esto ocurría, el conductor del Regatta, un pobre remisero, otrora gerente de una empresa hoy en convocatoria, se puso de rodillas ante el mecánico y le rogó llorando que no lo obligara a sacar su herramienta de trabajo. El mecánico también se prosternó llorando e intentaba explicarle al remisero que el coche que había quedado afuera era de propiedad de su mejor cliente, una persona tan magnífica que siempre le creía cuando él le decía que había colocado tal o cual repuesto carísimo, y no colocaba nada, no digo una autoparte de un coche usado. Digo nada. En fin, dos hombres grandes llorando no es demasiado edificante. Pero la historia es triste, no me van a decir. Quizás algunos piensen que el dueño del BMW, DKW, o TDK, ahora no recuerdo bien la marca, no va a tener inconvenientes en reparar las abolladuras de su fierro infernal y que, acaso en un acto de justicia, el de la gran gomera tirapiedras quiso que la protección que brindaba el taller mecánico de marras, en esa malhadada tarde, fuese a parar a manos humildes.
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